.

Para reafirmar lo anteriormente expresado, las presentes líneas no dejan de ser un humilde testimonio personal con el deseo de que algo de lo que fue parte de la vida quede escrito y sirva como referencia circunstancial. A pesar de ello estimo la opinión del desaparecido Dr. Eleazar Silveira, ilustre medico quien expresara que ésta era una forma de hacer catarsis. Buscando esta palabra en el diccionario, encuentro: “CATARSIS. (Del griego kátharsis, purificación) f. En estética liberación o cura de los males del espíritu gracias a las emociones provocadas por uno u otro arte”. Pienso que su opinión fue acertada. De la misma manera que la confesión bien entendida, libera al ofensor de la pesada carga que soporta su conciencia. Pero por sobre toda explicación, he disfrutado enormemente haciéndolo.

jueves, 9 de junio de 2016

JULIO SOSA



                                               Fue un popular cantante de tangos, de estilo  recio y varonil, y se lo promocionaba como “El varón del tango”.
            Una mañana lluviosa de domingo, amaneciendo,  haciendo mi trabajo,   rumbo a la Estación Retiro de Ferrocarril Mitre; distinguí desde lejos,  por la   avenida Libertador, a la altura de Palermo Chico,  unas patrullas policiales y otros  vehículos estacionados en medio de la calzada, ante lo que imaginé sería  un accidente de tránsito.
            Al acercarme observé  lo que había quedado de un carro deportivo después de un violento choque. Me detuve un momento, sin bajar y sin preguntar alguien me dijo: −Se mató Julio Sosa….., otro agregó: −Venía  muy rápido, de madrugada,  estaba el piso mojado, patinó,  chocó y se volcó…….
            Había en el ambiente, bajo una leve llovizna un silencio profundo y misterioso,  que tristemente  coloreaban  las luces intermitentes de las patrullas.
            No necesité ver ni oír nada más, consternado seguí mi camino, debía llegar a la estación ferroviaria para abastecer  a  “El Serrano”  antes  de que partiera hacia Córdoba.

            Triste destino para este conocido  y exitoso cantante de origen uruguayo, tenía 38 años  y se hallaba en la plenitud de su carrera…., estábamos en 1964…

LEÓNIDAS NÚÑEZ


LEÓNIDAS  NÚÑEZ                                                                                                            

                                              

                                               Fue mi maestro de cuarto, quinto y sexto grado, en la escuela Manuel Lainez, situada en la avenida Federico Lacroze, entre la avenida Cabildo y la calle Tres de Febrero en el barrio de Belgrano.  En aquella época, el sexto grado  era el fin de  la primaria. El maestro sostenía que necesitaba tres años para la formación de un alumno. Al terminar con nosotros volvia a empezar con el cuarto, para repetir nuevamente  el ciclo.  Se graduó joven y empezó su profesión  en humildes escuelas rurales. Nos hablaba de muchas experiencias que había vivido. Su papá fue farmaceútico y tenía su farmacia en una localidad del interior donde había nacido. En sus comienzos le tocó enseñar en escuelitas muy humildes, de piso de tierra donde los alumnos encendían pequeñas fogatas para atenuar el frío. Era  un excelente educador, organizado, presto a estimular,  corregir y aconsejar. Tenía la virtud de confiar y no lo defraudamos. Recuerdo que en una oportunidad llegó de improviso al aula un inspector del Ministerio de Educación.   El maestro había  salido brevemente, estábamos solos y en perfecto silencio como él nos había instruido siempre que se ausentara.  El funcionario  sorprendido por nuestro silencio y orden,  buscaba inútilmente  la presencia del maestro en el salón que al momento regresó.  Luego de los saludos, el visitante le alabó nuestro comportamiento y le felicitó. 
 Las dos últimas horas de clase de los viernes, -que eran tediosas- las dedicaba al ajedrez; él nos enseñó a jugar, después de sorprendernos jugando ocultos en clase  al Ta-Te-Ti, (un juego tonto en el que empieza y conoce el truco siempre gana). Nos enseñó a declamar poesía, todavía recuerdo: “Cultivo una rosa blanca de José Martí”, -que con él aprendí-.y entre otros recuerdos, un pensamiento que nos enseñó  y todavía lo empleo, dice así: “Si los pillos supieran el valor que tiene  el ser hombres de bien, serían hombres de bien, de puro pillos”.  Había otra personalidad en la escuela, - era Alejandro Storni-   hijo de la poeta Alfonsina Storni, quien era maestro del otro sexto grado. Núñez y Storni eran amigos, muchas veces  visitaba nuestro salón y nos dirigía algunas palabras.  Tiempo después, Storni fue maestro de mi hermano menor, Ricardo. La Escuela Manuel Laínez, de aquellos años, dejó en nosotros, sus alumnos un maravilloso legado formativo que apreciamos con el mayor afecto.   Este recuerdo es fundamentalmente un homenaje, al maestro Núñez, que fuera un ejemplo que todavía hoy, después de mas de medio siglo persiste imborrable en nuestra memoria. (www.notasdejuanyañez.blogspot.com)       

.GITANOS





Entre tantas anécdotas que recuerdo de   mi madre están  los cuentos, ―que siendo niños― mis hermanos y yo le pedíamos que nos contara.
   Ocupaban  un lugar preferente los   de  gitanos. Eran  una fantasía inventada por ella, o quizás la habría oído de niña. Trataba sobre supuestos raptos a niños por parte de los gitanos. Estos cuentos en la España de su época eran comunes y es probable que alguno pudiera haber ocurrido. Por otra parte en Europa, donde los gitanos son cosa corriente y generalmente acusados de muchos desafueros, que obedecen la mayoría de las veces a su mala fama,  ―bien ganada por cierto― aunque, como en todo hay honrosas excepciones.  Pero volvamos a los  cuentos  que mi madre  nos relataba con todos  sus  detalles y creando un permanente suspenso.

 Trataban estos,  de una terrible persecución en la que ella era víctima junto a otros niños, acosados por una banda de gitanos. El relato tenía todos los ribetes de una tragedia y  nos  atemorizaba hasta las lágrimas…..   Era entonces cuando ella  sintiéndose excedida nos  acariciaba y abrazaba, calmándonos y terminaba el cuento con un final feliz.  Alguna vez mi padre al vernos llorar y saber la causa, aunque sin comprender el juego…., se incomodó. Hoy recordándola, como otras tantas veces, rememoro  su  cálida sonrisa…, la misma  que al terminar el cuento buscábamos ansiosos para despejar los miedos y sentir su protección y cariño.

GATICA




                                   José María Gatica fue sin duda el boxeador de más arraigo popular entre todos los púgiles argentinos. Lo conocían con el mote del “mono Gatica”. Era un peleador, indisciplinado,  capaz de jugarle sucio al adversario, pero era valiente y aguerrido.  Y esa era su virtud.  Una noche peleaban en el Luna Park,  Eduardo Lausse con Kid Cachetada y mi tío José Juiz viene por el negocio de mi padre al que invita a ver esta pelea. , yo insistí para ir y me llevaron. Mi tío tenía una  “baturé” Oldsmobile 1939, un carro deportivo clásico de dos puertas  de color marfil, impecable y lujoso.  Llegamos al estadio y estacionamos el carro en un “garaje” de las inmediaciones que  era atendido por un gallego de pocas pulgas. Cuando bajábamos del auto vemos inesperadamente  a Gatica…, allí,  frente a nosotros.  Está vestido con un traje a lo compadrito, con el saco de anchas solapas y el pantalón con su talle exageradamente alto y  con las manos en los bolsillos…  Observándonos y en  tono burlón nos dice: --¿Ustedes vienen a ver esta pelea?.... -- Para ver boxeo me tienen que venir a ver a mi….En eso pasa por la entrada una barra de muchachotes, que al reconocer a Gatica  prorrumpen en exclamaciones. El gallego ante el  alboroto, y  el temor de que la turba  entrara al garage,  levanta el cepillo con el que está barriendo, y amenazando al “mono”,  le grita:--Va, va, va, pa´ afuera!!! Y Gatica, que estaba  un poco  pasado de copas, sonriendo con ironía,  aceptando la situación, y a paso burlón se encamina  hacia la salida,  para  aunarse con sus admiradores. Al salir nosotros,  el gallego, con su particular tonada y justificando su brusquedad nos dice: --Ustedes disculpen,  pero aquí viene cada loco………

FRIEDICH GULDA





                                               Este excelente pianista de música clásica y de jazz;  en los finales de los cincuenta ya  era considerado el mejor intérprete de Beethoven.
  Se presentó en el Musikhalle, de Hamburgo, en la Grosser Saal, en el 74. Tenía un público bastante informal, aunque conocedor, precisamente por la informalidad que él mismo practicaba. El día del concierto llovió a cántaros durante casi toda la jornada, y al atardecer cuando se creía que escamparía se intensificó aún más. A  la hora de la presentación el tiempo atmosférico  era lo más parecido a un diluvio.
  Asistí con un amigo; teníamos localidades para los palcos altos,  económicamente más accesibles que las de la platea,  próximas al escenario. Había poco público, debido al mal tiempo, y casi todos en la parte alta. La platea estaba prácticamente vacía. En  el ancho escenario, -que  carece de telón-,  lucía solitario un brillante y oscuro Steinway.
  Se demoró el inicio seguramente esperando más aforo.  Se intensificaron  las luces del proscenio y por una puerta lateral  aparece Gulda, que es  todo  informalidad. Al trote se acerca  al piano. Esta vestido con un pantalón de corderoy  muy arrugado y  un sueter de cuello de tortuga,  todo ello negro. Luego de saludar escuetamente se sienta y empieza a desgranar un racimo de notas, que interrumpe de repente y dirigiéndose al público de la parte alta…, nos invita a bajar a la platea. Bajamos apresuradamente y ruidosamente, para ubicarnos cercanos a él. Principió  improvisando jazz, llevaba el compás moviendo una pierna intensamente.  Se concentraba en la ejecución  y en su  frente se dilataba una vena   en sentido vertical Era un interprete magnífico, con mucha técnica e inspiración.  El público versado en música disfrutó largamente.  Tocó más de una hora y media  hasta que hizo el intervalo. Reanudó  combinando piezas clásicas y de jazz, durante otra hora más. Hizo bis tres veces, del segundo al tercero fue aplaudido y ovacionado durante casi media hora. Cuando terminó, saludó y por señas dio a entender que no iba a salir más. A pesar de ello el público pidió  bis largo rato…, sin resultado. Lo que empezó pasadas las ocho finalizó  más allá de medianoche.

  Fue un concierto como pocos, se aunaron dos calidades indiscutibles: un músico genial y un público mayoritariamente exigente,  y todo ello por causa de una obstinada lluvia  que no logró evitar  la concurrencia  de aquellos apasionados y  verdaderos entusiastas  de  la buena música.   

EL MATEO




                                   Con este vocablo se designaba  a  los coches de plaza, descapotables  que tirados por un caballo hacían un  paseo por los bosques de Palermo, en Buenos Aires.
Eran ya en aquella época, (fin de los cuarenta y a principios de los cincuenta)  un resabio del pasado. Luego, con el correr del tiempo algunos de estos carruajes, ya desvencijados,  circulaban por la ciudad  como  humildes transportes de cargas, hasta que se prohibió la tracción a sangre, pero eso fue a principio de los sesenta.
 Recuerdo que con nuestra madre y mis hermanos Marta y Ricardo  paseábamos en ellos, por Palermo,  algunos soleados  domingos,  durante la  ya distante niñez.
 Se los encontraba frente a la Plaza Italia, sobre la avenida Sarmiento, junto a la acera que bordea a La Rural.
 Mi madre  hábilmente regateaba con el cochero el costo del viaje y casi  siempre lograba el mayor recorrido al menor precio,  con el mejor coche y el más presentable conductor.
 Yo me sentaba adelante, soberbio,   junto al cochero y a veces a mi pedido, alguno  me complacía  dejándome llevar las riendas por breves  momentos,  por  aquella inolvidable  y querida Buenos Aires,  en el viejo Palermo,  (que fue antaño hacienda del dictador Rosas)  con sus bosques, lagos,  y jardines de cuidada belleza. Como eran  el Rosedal, el Patio Andaluz, los cisnes, las ocas, la confitería del Castillo, los botes de remo,  etc.,   que recorríamos complacidos, disfrutando cándidamente del paseo.

 Felices años de la niñez en una ciudad  grande y populosa,  aunque amable y generosa,  llena de encanto  y simpatía………

EL DR. PEREZ FERNANDEZ




                                                                       Fue el médico de nuestra familia, durante muchos años. Era el típico médico de cabecera, que atendía también a domicilio,  y se le consultaba por cualquier dolencia.  En aquellos tiempos la medicina era un apostolado en que la vocación y la capacidad de servir a los demás eran imprescindibles. Poseía la  santa gracia de curar, y  que  de ella depende la virtud  del médico, por encima de sus conocimientos, dedicación o procedimientos.  Podía consultársele hasta por problemas personales, siempre había en él, una respuesta oportuna,  sincera y consoladora. Era hijo de inmigrantes gallegos, que llegaron al país con el único capital de  la esperanza de un mejor futuro.  Lo conocí durante mi infancia y aún recuerdo la anhelada llegada a nuestra casa, −tarde, por la noche− después de un agotador día de trabajo,  cuando alguno de nosotros, (generalmente mis abuelos)  enfermaba. En  su sola presencia ante el paciente, ya estaba implícito el comienzo de la curación y la esperanza de la salud. Fue médico jefe, no recuerdo en que especialidad en el Hospital Álvarez, de Buenos Aires y tenía su consultorio en la avenida Donato Álvarez, en Flores. La última vez que lo vi, fue en nuestra casa en  Palermo cuando redactó el certificado de defunción, en ocasión del fallecimiento de mi abuelo Fructuoso. Para esos años ya era mayor. Aún permanece en mi memoria,   su cálida sonrisa, sus palabras afectuosas y su desinteresada  e íntegra  personalidad.  Envío desde estas líneas mi afectuoso homenaje al  estimado y valioso  médico que se llamó en vida:……..José Pérez Fernández.