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Para reafirmar lo anteriormente expresado, las presentes líneas no dejan de ser un humilde testimonio personal con el deseo de que algo de lo que fue parte de la vida quede escrito y sirva como referencia circunstancial. A pesar de ello estimo la opinión del desaparecido Dr. Eleazar Silveira, ilustre medico quien expresara que ésta era una forma de hacer catarsis. Buscando esta palabra en el diccionario, encuentro: “CATARSIS. (Del griego kátharsis, purificación) f. En estética liberación o cura de los males del espíritu gracias a las emociones provocadas por uno u otro arte”. Pienso que su opinión fue acertada. De la misma manera que la confesión bien entendida, libera al ofensor de la pesada carga que soporta su conciencia. Pero por sobre toda explicación, he disfrutado enormemente haciéndolo.

jueves, 9 de junio de 2016

MISS SARAH



                                       Había llegado a Buenos Aires, desde su Inglaterra natal. Su padre fue oficial de caballería, del ejército de su Majestad y según recuerdo,  formó  parte de la agregaduría militar de la embajada del Reino Unido en la Argentina.
          Mis hermanos y yo, éramos niños cuando nos enseñaba inglés. Fue a principio de los cincuenta. Ella,  para esos años ya habría pasado las sesenta primaveras.
          Era de contextura delicada, menuda, ya canosa y hablaba poco castellano con un fuerte acento británico. Siempre la vimos  vestida de negro y usaba medias de muselina, que para esa época solo las usaban las ancianas.
          Era  humilde y  austera.., más aún…, era pobre…. Se mantenía con las  clases de inglés, que daba a domicilio por no tener,− en donde vivía− suficiente espacio o decoro,  quizás.
Venía a casa, por las tardes,  unas dos  o tres veces por semana. Llegaba  siempre con su amable sonrisa. Nos saludaba en inglés y en inglés habíamos de responderle.  Nuestra madre, la apreciaba y siempre la obsequiaba con te y dulces.
          Todavía está en mi mente,  aquella tarde en que le tocaba venir y  llovía a cántaros desde hacía horas.   Nosotros…, niños al fin…., felices porque creíamos  que faltaría. … y así nos libraríamos de la clase. No fue así…, y ante nuestra sorpresa y frustración la vimos aparecer empapada, mojada de la cabeza a los pies y bajo de un pequeño e inútil paraguas, demostrándonos que su responsabilidad estaba por encima del clima.   
Nos dio clases algún tiempo y al llegar diciembre y terminar el año escolar, tomamos vacaciones. Al reiniciarse el nuevo período, en marzo, vino ella a nuestra casa para continuar con las clases. Mis hermanos y yo, ―inconsecuentes y remolones, como éramos―  a pesar de la insistencia de nuestros padres,   no deseábamos   continuarlas.
 Fue nuestra madre, quien  la atendió  y explicó, apenada, nuestra determinación. Miss Sarah, la escuchó con una triste  sonrisa. Seguramente su cariño hacia nosotros se topó con nuestra ingratitud, la que se uniría a la necesidad de los recursos resultantes de las clases.

          Hoy la recuerdo con cariño, y al evocarla pienso que hay en ello un reconocimiento, una valoración a su constancia y un agradecimiento póstumo  a su amorosa  disposición  y responsabilidad al enseñarnos. Quede aquí entonces,  en esta simple hoja de papel, un  humilde y sencillo homenaje a  Miss Sarah,  aquella  grata  y  recordada profesora   de inglés….., de nuestros lejanos   primeros años…

MI BISABUELO TIENE SU ESTATUA




                                       Si, es verdad, está en la plaza Primero de Mayo, en Buenos Aires, exactamente ubicada entre las calles Pichincha,  Pasco,  Alsina y H. Yrigoyen.  Es de bronce, de cuerpo entero con el torso desnudo y carga sobre uno de sus hombros una maza con un largo cabo.
Él no ha sido ni un héroe, ni una figura pública, ni nada por el estilo. Fue guardián en el Parque Lezama y a la vez fungía como modelo de pintores y escultores.
Cerca del parque estaba la Academia de Bellas Artes  y es de allí donde seguramente fue contactado por el escultor Ernesto Soto Avendaño, autor de la obra.
Se la denomina “Monumento al Trabajo” y representa a un obrero de edad madura. El artista arriba nombrado, obtuvo con esta obra el Primer  Premio Nacional  de Escultura de 1921. Posteriormente la obra fue adquirida por el Concejo Deliberante y ubicada en la referida plaza, la cual fue inaugurada el 14 de abril de 1928 y en el mismo acto develada la estatua.
Conocí esta escultura de niño, de la mano de mi abuela Josefa Núñez. Me llevó una tarde para que “conociese” a su padre, mi bisabuelo. El artista había copiado exactamente sus facciones y su figura, por lo que mi abuela se emocionaba al verla.

 Él había llegado de su Galicia natal a principios del pasado siglo a Buenos Aires. Fue herrero en España y forjando con un martillo un hierro al rojo sobre el yunque, se desprendió una esquirla que fue a dar en un ojo de mi abuela, una niña de cinco años. Ella perdió el ojo y su padre cargó un remordimiento por el resto de su vida. Murió en 1933, a los 74 años y se llamaba Juan Núñez.

MAÑANA SAN PERON






                                       Fue la época del populismo mas exacerbado que existió en la Argentina y que aún se le encuentra, aunque ya bastante más devaluado. Asimismo aquellas técnicas que dieron sus buenos frutos al carismático líder, fueron aprovechadas por aquellos que escamotearon su herencia y que las remozaron dándole un baño de caramelo, para ocultarle lo rancio y con la segunda intención de atraer a los golosos.
 Antes de seguir es oportuno,  -solo para aquellos que lo han olvidado o lo ignoran- aclarar  el significado de San Perón. Y era que cuando, en alguna reunión, mitin, o cualquier concentración, a la que asistía Perón, se prolongaba en demasía, el público presente de manera colectiva y concluyente, clamaba a coro, y repetidamente el consabido mañana San Perón. Con esta táctica se  obligaba  al líder a decretar el siguiente día, feriado y de esa forma no asistir a al trabajo, o estudios o cualquiera otra obligación puntual.
 Por supuesto, Perón, como buen demagogo, era el más interesado en hacer este tipo de concesiones y después de hacerse rogar   el tiempo que fuera necesario concedía la  moción.  
  Sería por 1953 ó 1954,  que  cursaba mis estudios en la escuela normal Mariano Acosta y allí nos regalaron unas entradas, que repartió el gobierno  en los colegios secundarios, para ver nada menos que a los Globettroters, −el famoso el equipo norteamericano de basketbol−, y en el lugar más emblemático para presenciar un espectáculo deportivo de esa categoría: El Luna Park.  Allí fuimos, nos ubicamos con el mayor entusiasmo en las repletas tribunas. El espectáculo estaba programado para comenzar a primera hora de la noche, pero por causas que desconocíamos se demoraba exageradamente.  ¿Por qué sería?, preguntarán ustedes amables lectores......., −bueno,  había que esperar que llegara Perón, que era el más importante asistente y por otra parte el general se consideraba a sí mismo, el principal protagonista del espectáculo y quizás lo fuera…, −vaya uno a saber…!!!   Lo que sí era seguro y  sin lugar a la menor duda: El dueño y  a la vez el principal payaso del circo
 Llegó pasada las diez de la noche, sonriendo y levantando los brazos como lo hacía siempre y comenzó la función.  Esos negros eran maravillosos, hacían y deshacían con el balón las piruetas más geniales,  demostrando que más que un deporte era una exhibición  circense. Ya habían pasado las doce y el juego seguía y el entusiasmo de todos crecía….., pero yo pensando que mañana había que ir al colegio y que mis padres estarían preocupados  por lo tarde de la hora decidí irme a mi casa.
 Al otro día estaba temprano en la escuela con otros compañeros esperando que abrieran las puertas. En eso sale el portero y desde el atrio, molesto con todo derecho porque a él también  le alcanzaba el feriado, con su vozarrón  nos espeta: ―¡Hoy no hay clase! −¿ No se enteraron…; acaso  no fueron ustedes al Luna Park ayer?-- …., y ya más calmado al comprender nuestra ignorancia, coronó la noticia diciendo:  ―Terminó tan tarde  que el general decretó: …..Mañana San Perón!!!.......Y no hubo clase…

LOS NAÚFRAGOS


                                           Es un recuerdo que tiene que ver con el mar, ya el título lo está anunciando, aunque realmente  no estoy seguro de que lo fueran.  Pero vamos a contar  el cuento.
 Fue en un viaje a Europa, desde Buenos Aires, en 1974, en el Cristoforo Colombo, era un gran trasatlántico que como dato ilustrativo diremos que estuvo un tiempo anclado en Puerto Ordaz, como hotel flotante.
 Después  de zarpar de Río de Janeiro rumbo a la próxima escala que era  Madeira y habiendo  ya navegado quizás  un par de  días, a primera hora de la tarde  siento que  el barco aminora su marcha hasta luego detenerse. Estoy en cubierta de estribor donde ya empiezan  a reunirse otros pasajeros, algunos  señalando hacia el mar, algo que yo no había logrado ver todavía. Y era que  flotando, muy cerca,  había un pequeñísimo bote, -calculo de poco mas de tres metros  de eslora-  con una pequeña  y rudimentaria vela; y  dos hombres  a bordo. (Lo insólito era la considerable distancia de la costa en que se encontraban).  Estaban muy delgados, barbudos y tostados por el sol. Un oficial del puente,  por medio de un megáfono les habló, les preguntó en varios idiomas y repetidas veces…, si necesitaban agua o alimentos,  atención médica o instalarlos a bordo y remolcar su embarcación etc. etc. En pocas palabras ofreciéndoles la ayuda solidaria  que en estos casos (de probable emergencia) es menester. Todo ello fue negado por aquellos dos hombres por medio de gestos inequívocos y reiterativos,  los que  a pesar  de su delgadez se les veía  saludables y sonrientes.  Al final el oficial,  perplejo y vencido, les desea buen viaje, les dice adiós, que todos nosotros solidariamente también hacemos con las manos y  de inmediato  partimos. Quedamos observándolos  un rato  hasta que se convirtieron en un punto que luego desapareció, en medio de  ese inconmensurable océano, lejos de las costas, lejos de todo, con una soledad difícil de comprender, como también es   con  nuestra mente el porqué  de esa extraña  situación

LAS VACAS DE MAMÁ



                                                  Cuando niños nuestra madre nos entretenía,  contándonos  historias o acontecimientos, que ella había vivido cuando tendría nuestra misma edad.
  Esos relatos eran de una simplicidad maravillosa con  una descripción  interesante sobre la vida campesina de aquellos años en los principios del siglo veinte.
  No conocían la electricidad, ni las comodidades de la vida moderna. Vivian sencillamente en ese limitado mundo y eran dentro de sus  condiciones,  naturalmente felices.
  La casa de su familia era una modesta  vivienda de paredes de piedra, de las mismas rocas   que abundaban en el lugar. Se alzaba en Barbeitos, una aldea de las tierras altas de la provincia gallega de Pontevedra. La cocina ocupaba un  amplio espacio  con piso de losa, con su lumbre situada   en un rincón, a la usanza campesina y  sus ollas de hierro sostenidas por cadenas. En las largas y frías  noches de invierno se la utilizaba  también  para que  el ganado pernoctara allí, protegido de la nieve y las  heladas. En su parte superior existía un entrepiso construido en madera, que la familia  empleaba como dormitorio, siendo este lugar el mas caliente y confortable de la casa.  
  La  vida cotidiana de los niños en aquella época, en la España rural, se limitaba básicamente  al pastoreo y alguna otra actividad semejante. Con ese fin a  mamá  y a sus hermanos los enviaban al monte,  que eran las tierras comunales para apacentar el ganado y allí iban  con sus vacas.
  Una se llamaba Amarela y la otra Moura. No recuerdo si había otras en la casa, pero solo  de estas dos a quedado referencia. Estos nombres traducidos del gallego son: Amarilla y Mora. Apodos derivados de la simple observación del color de su pelo.
   Lo cierto es  que  aquella  actividad, que exigía dedicación y responsabilidad, también  servía de diversión a los niños de la aldea, que  reunidos  en el monte en torno a sus animales, disponían de  tiempo para compartir y jugar entre ellos cuando el clima lo permitiera.
   En las  largas jornadas estivales  cuando el calor se hacía intenso abundaban los tábanos que acosaban al ganado con su dolorosa picadura. Esos insectos espantaban a las bestias, las que con  solo oír su  zumbido huían despavoridas rumbo a sus fincas.
   La  inconveniente situación que  disminuía  la necesaria alimentación de los animales, era simulada deliberadamente por los niños cuando fastidiados o simplemente cansados de estar allí, querían regresar.  Para ello imitaban con sus bocas el terrible zumbido de los tábanos, que las vacas confundían con el verdadero y de esta forma lograban engañarlas y adelantar el regreso. Pero solo lograban engañar a las vacas. Los mayores conocedores de la travesura que mamá y sus hermanos cometían  no dudaban en castigarlos severamente.
   Mamá en su relato, nos describía  sonriendo  la pillería y nos recordaba las palabras de su madre al llegar a casa, luego de escucharles  las consabidas excusas y   pronta para castigarlos:
   ―No me engañan, están aquí porque les hicieron la mosca a las vacas…., y enojada agregaba:  ―Nadie les va a salvar la paliza……..

  Y para terminar, mamá ya un poco seria, concluía: ….—Y de verdad…, nadie nos la salvaba…

LA CASA DE LA TÍA MARÍA




                                               Algunos domingos, siendo niños, mamá nos llevaba a pasar el día  en casa de su hermana María, en el barrio de Mataderos. Estaba en la calle Oliden, y  su puerta solo se cerraba por las noches, cuando ya era hora de acostarse y se abría temprano en la mañana. No tenía timbre eléctrico, sin embargo hubo un tiempo en que si alguien  se asomaba apenas  al dintel de la puerta un tero, el ave  que en Venezuela se conoce por alcarabán,  alertaba a los de adentro con sus destemplados graznidos la presencia de algún visitante.  El propio tío Aladino, −el esposo de la tía María−, reconocía que no había mejor portero.

(Aclaro,  que esta temprana descripción, sobre la puerta y su portero es propia de Marta, mi hermana. Ella recientemente me detalló este preciso recuerdo, que permaneció inalterable en su memoria, mientras que en la  mía se extravió totalmente)  

Al igual que  otras de esa época y de las barriadas populares, esta casa  era  larga y angosta. Al entrar, en un pequeño jardín había una mata de nísperos que al madurar sus frutos hacían nuestra delicia.   Las habitaciones se sucedían una tras otra, frente a una galería cubierta que limitaba a un patio embaldosado. Al fondo el infaltable  gallinero, e inmediatamente antes,  el baño que consistía en una poceta a la turca. No había lavamanos,  afuera  estaba la pileta de lavar la ropa que cumplía esta función. Por la noche era necesario llevar una vela, hasta allí no llegaba la luz eléctrica. Era una casa humilde, de gente franca y trabajadora y de buena disposición. Estábamos  a  fin de los años  cuarenta y principios de los cincuenta, cuando todavía en Mataderos había  algunas calles de tierra. Era un suburbio de la propia ciudad, lejos del centro y sus barrios aledaños. Allí aún me tocó ver los últimos vestigios rurales que en los confines de la Capital Federal existían. Recuerdo perfectamente la recua de vacas con sus terneros que por estas calles  pasaban vendiendo  la leche que allí mismo ordeñaban. Lo mismo la manada de pavos que recorrían las calles al lento paso de estas aves,  bajo el cuidado de su propietario,  que los ofrecía en venta. Poseía éste un gancho de grueso alambre para atrapar a los animales por sus patas,  cuando algún vecino se interesaba en comprar.
Habitaban esta casa además de la tía María y su esposo,  sus hijos, −nuestros primos−. Ellos eran Paco, el mayor. Mingo el del medio y María Elena, la menor. Ella era muy cariñosa y dulce.   Los varones eran ya hombres cuando nosotros éramos todavía niños.
Alguna vez, nuestra madre nos contó risueñamente lo que sucedía con estos primos varones, − cuando niños− al volver de la escuela. Empezaré relatando que la tía María era el principal sostén de la familia. Ella  era en extremo trabajadora, se pasaba el día y parte de la noche frente a una máquina de coser, de las antiguas,−a manivela−  confeccionando  sostenes de mujer, que en aquella época se denominaban  corpiños.  Trabajaba sola en su casa por cuenta de terceros que le llevaban la tela cortada, para que ella confeccionara estas prendas y le pagaban por producción. Eran épocas difíciles y la tía debía producir lo suficiente para mantener a su familia, ya que el tío Aladino no trabajaba o lo hacía irregularmente. Además se ocupaba de todos los oficios de una casa y entre ellos estaba el cocinar. Por ello,  siempre con escaso tiempo para las labores domésticas, trataba de hacer  aquello que demandara el menor tiempo en su preparación. Casi todos los días de la semana su repetitivo menú consistía en un exquisito plato llamado puchero, que no es otra cosa que un hervido de  diferentes hortalizas y carne,  de sencilla y rápida elaboración. Fue entonces que mis primos,  al regresar  de la escuela a su casa,  Mingo acostumbraba a  adelantarse  para curiosear y comunicar a su hermano antes de que este  llegara  lo  que había de almuerzo ese día., con la esperanza   de un cambio en el menú, que por lo monótono no resultaba grato…… Frustrada esperanza, siempre era puchero, y a voces,  por poco llorando Mingo,  más o menos siempre exclamaba: −¡PACO, OTRA VEZ  PUCHERO!!!...... y protestando, hambrientos se sentaban a la mesa, reclamando a su madre e instándola a que prometiera al otro día cambiar de plato, mientras ella  afectuosa  y sonriente les servía la comida y les decía: −Mañana, les voy a preparar lo que a ustedes les gusta…… ,−pero si tengo tiempo−…..,aclaraba. Era entonces cuando los hermanos al final callaban y comían en silencio aquello que su madre sacrificada y generosa   les había preparado con toda dedicación y esmero.  
Llegábamos a esta casa a media mañana felices y dispuestos a gozar de nuestra estadía. .  Ya desde temprano, el tango se oía allí. Provenía de un  aparato de radio, sintonizado en Radio del Pueblo, la emisora   exclusivamente tanguera , que mis primos habían encendido a primera hora  y que apagarían por la noche. Ellos  eran tangueros a muerte.
 Es extraño que aún recuerdo comentarios que le hacía Paco a Mingo sobre la incorporación del cantor Edmundo Rivero −en esa época poco conocido−,  con su voz abaritonada  a la orquesta de Aníbal Troilo. Esa era la novedad en 1948, hace casi   sesenta años. Aún hoy escucho los domingos en mi casa aquellos tangos. Ahora me agrada lo que no me gustaba antaño  y por sobre todo aprecio la ingenuidad de sus letras. Era una época diferente, de la que solo quedaron recuerdos, nostalgias. La amena reminiscencia  de aquellos años cuando estábamos todos con la excepción de los que vinieron después.
El almuerzo de los domingos en aquella casa consistía en ravioles caseros de acelga y sesos con tuco, (salsa de tomates) de carne estofada. Exquisito plato que todos ayudábamos a preparar. (No recuerdo que haya cambiado alguna vez ese menú) Después la sobremesa en la que se conversaba y se reía.
 Algunas veces,  al terminar esta,  Mingo, −que era piloto de aviones− se despedía de nosotros   para ir al Aeroclub,  donde alquilaba una avioneta. Al salir nos advertía, señalando al cielo: −Esten atentos, que dentro de un rato pasaré con el avión……. Y era cierto, más tarde se oía el motor de un avión y alguien exclamaba: −¡¡¡Es Mingo, ……es Mingo!!!…− Ruidosamente salíamos al patio y al observar el cielo veíamos distante al avión anunciado que volaba en círculos, mientras Mingo  se comunicaba con nosotros agitando  una toalla, a través de la ventanilla.
Paco fue un excelente  y calificado sastre y laboraba en la sastrería de nuestro común primo, Josecito Juiz,  y  Mingo un gran aventurero. Además de pilotar aviones, lanchas y carros de carreras, fue paracaidista, mecánico, casi ingeniero, inventor, diseñador y hasta  funcionario de policía. Murió joven, en una cama , de meningitis. Lejos de los riesgos en que se jugó tantas veces la vida. Paco también murió prematuramente,  de cáncer.
El tío Aladino, al que recuerdo por su  amable y cariñoso carácter. Con todo respeto y sin juzgarlo, el tío no era un entusiasta del trabajo. Sin embargo  esa conducta  a mi tía no le importaba. Si oía alguna crítica, la ignoraba y si alguien  se lo decía en su cara, con   toda tranquilidad, amabilidad  y aplomo le contestaba que ella amaba a su esposo y lo aceptaba tal como era. Esa era otra   innegable  virtud.

 Ya dando fin a este relato  con tanta carga emotiva,  hay una historia interesante sobre el tío Aladino que mi padre contaba algunas veces. Esta versaba, cuando Aladino era joven, soltero y con una fuerte fama de gigoló  y amante de la vida nocturna y despreocupada. Comienza así:  Estando en Buenos Aires,  poco después de  emigrar de su Galicia natal, Aladino recibe una herencia de un familiar muerto en España. Al  parecer no era poco dinero, pues con ella y fiel a su estilo y ambiciones la destina a  la compra de un coche de plaza con su caballo y contrata un cochero. Era un transporte corriente  para aquella época, a principios del siglo veinte. Durante largo tiempo y todos los días,  o mejor dicho todas las noches, Aladino se hacía llevar con su vehículo a los cabarets y casas  de citas  del centro,  y regresaba  a su casa al amanecer,  a dormir,  para la siguiente noche,  renovado   y descansado repetir el  episodio. Eso duró hasta que se agotó el dinero y con él se  acabó  la farra, el coche, el caballo y hasta el cochero……, aunque no el talento, las costumbres, la fama y la vida despreocupada en  las que tío Aladino  sería   definitivamente insuperable…          

LA PELUA

                        


                                                Conocí a esta  carismática “cantaora”, cuando laboraba  en la cocina de El Flamenco de Hamburgo.  La Pelúa, --sobrenombre debido a su larga y abundante cabellera-- se presentó durante un par de semanas  en el tablao de este restoran junto con su esposo, excelente guitarrista. Ambos eran gitanos andaluces,  jóvenes,  con  gracia y talento.  Si mal no recuerdo, él se llamaba Enrique y era hijo de un conocido guitarrista flamenco ya retirado, que fue compañero de trabajo de Pepita,--la dueña del restoran-- cuando ella bailaba junto con su esposo César en los tablaos de España. La Pelúa fue anunciada con bombos y platillos, y era esperada  con expectación.  --El nivel profesional de esta pareja era superior a lo que era habitual en el tablado de El Flamenco. Estaban allí quizás por estar fuera de temporada, por amistad, o por ambas cosas. Prueba de ello es que  años después a finales de los setenta se presentaron en Caracas, en el Hotel Tamanaco—…Y llegó el día del debut, habían llegado por la mañana y se alojaron en unas habitaciones en el piso superior del local. Yo entraba a mi trabajo a las seis de la tarde y antes de empezar  almorzábamos patrones y empleados en la misma mesa. Servíamos la mesa cuando aparece ella, vestida con un “salto de cama” que le llegaba a las rodillas y pantuflas,  con el pelo recogido con redecilla. La observo curioso de arriba abajo, tenía  el rostro brillante seguramente por alguna crema previa al maquillaje  y unas pantorrillas escuálidas a mi ver. Me decepcionó su aspecto. Comieron con nosotros, eran sencillos y muy habladores, con ese acento gitano tan particular,  lleno de modismos y entonaciones. Al finalizar se retiraron y nosotros empezamos el trabajo. Esa noche el local se llenó, no cabía un alfiler, alrededor de las once, luego de las actuaciones de otros artistas se presentan ellos. Se suspende el servicio de los mesoneros y por ende el de la cocina. Salimos a verlos, ocultos tras un cortinado que había próximo al escenario, que está a oscuras. Se hace un silencio expectante…,   que rompe el  sonar de una  guitarra y el batir de palmas. Empieza débilmente la iluminación, que al acrecentarse poco a poco, vemos a una la Pelúa  impresionante, con un garbo y una belleza deslumbrante, bailando con su pelo suelto. Su traje ceñido adivina una armoniosa figura, pero es por sobre todo sus movimientos  de una fuerte sensualidad  lo que subyuga  al público. Empieza a cantar bulerías, con una voz  afinada y nítidamente flamenca, acompañada por la guitarra  de Enrique, sonora  y melodiosa. Cantó varias canciones y fue ovacionada y así fue noche tras noche. El público alemán poco conocedor de genuina música flamenca,  le pedía que interpretara  las rumbas de Peret, canciones vulgares, de moda  en aquella época…, no era su repertorio, -- se molestaba--, y  hasta Pepita se lo pidió., no recuerdo si lo aceptó para complacerla. Algunas veces, al finalizar su actuación, ya de madrugada,  tuvimos oportunidad de conversar con ambos, me contaban de sus giras artísticas, de su vida profesional y personal. Habían actuado en Buenos Aires y en otras importantes ciudades del mundo.  Ya al final de su estadía sucedió una contingencia brusca entre ellos que por poco no terminó mal. Fue al finalizar una presentación, cuando saliendo del escenario en un pasillo interior se suscita una discusión que termina con un fuerte ruido. Yo lo oigo desde la cocina, salgo alarmado y observo a Enrique, visiblemente alterado, sosteniendo el diapasón de su guitarra que a modo de garrote había estrellado y destruido contra una mesa. Lo serené, la Pelúa lloraba, otros se acercaron y calmaron a ambos. Creo que sucedió por celos de él hacia ella. La Pelúa  sobre el tablado “alteraba”, al público masculino y algo de eso tuvo que  ver. Al  otro día Enrique, ya calmado y sonriente me explica a medias  lo sucedido. Dolido por la destrucción de su guitarra, de la que conservaba el diapasón para posteriormente  reconstruirle la caja. –Era una Ramirez—me dijo--, (la mejor marca del mundo), y siguió: --Pero lo peor es que fue un regalo de mi padre…., no me gustaría que se enterara--,  y  para terminar agrega: con su “tonadilla” andaluza:  --Menos mal,  que la estrellé sobre la mesa y no en su  cabeza….,  que esa fue mi primera intención……, menos mal…., gracias a Dios--.