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Para reafirmar lo anteriormente expresado, las presentes líneas no dejan de ser un humilde testimonio personal con el deseo de que algo de lo que fue parte de la vida quede escrito y sirva como referencia circunstancial. A pesar de ello estimo la opinión del desaparecido Dr. Eleazar Silveira, ilustre medico quien expresara que ésta era una forma de hacer catarsis. Buscando esta palabra en el diccionario, encuentro: “CATARSIS. (Del griego kátharsis, purificación) f. En estética liberación o cura de los males del espíritu gracias a las emociones provocadas por uno u otro arte”. Pienso que su opinión fue acertada. De la misma manera que la confesión bien entendida, libera al ofensor de la pesada carga que soporta su conciencia. Pero por sobre toda explicación, he disfrutado enormemente haciéndolo.

jueves, 9 de junio de 2016

MI BISABUELO TIENE SU ESTATUA




                                       Si, es verdad, está en la plaza Primero de Mayo, en Buenos Aires, exactamente ubicada entre las calles Pichincha,  Pasco,  Alsina y H. Yrigoyen.  Es de bronce, de cuerpo entero con el torso desnudo y carga sobre uno de sus hombros una maza con un largo cabo.
Él no ha sido ni un héroe, ni una figura pública, ni nada por el estilo. Fue guardián en el Parque Lezama y a la vez fungía como modelo de pintores y escultores.
Cerca del parque estaba la Academia de Bellas Artes  y es de allí donde seguramente fue contactado por el escultor Ernesto Soto Avendaño, autor de la obra.
Se la denomina “Monumento al Trabajo” y representa a un obrero de edad madura. El artista arriba nombrado, obtuvo con esta obra el Primer  Premio Nacional  de Escultura de 1921. Posteriormente la obra fue adquirida por el Concejo Deliberante y ubicada en la referida plaza, la cual fue inaugurada el 14 de abril de 1928 y en el mismo acto develada la estatua.
Conocí esta escultura de niño, de la mano de mi abuela Josefa Núñez. Me llevó una tarde para que “conociese” a su padre, mi bisabuelo. El artista había copiado exactamente sus facciones y su figura, por lo que mi abuela se emocionaba al verla.

 Él había llegado de su Galicia natal a principios del pasado siglo a Buenos Aires. Fue herrero en España y forjando con un martillo un hierro al rojo sobre el yunque, se desprendió una esquirla que fue a dar en un ojo de mi abuela, una niña de cinco años. Ella perdió el ojo y su padre cargó un remordimiento por el resto de su vida. Murió en 1933, a los 74 años y se llamaba Juan Núñez.

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