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Para reafirmar lo anteriormente expresado, las presentes líneas no dejan de ser un humilde testimonio personal con el deseo de que algo de lo que fue parte de la vida quede escrito y sirva como referencia circunstancial. A pesar de ello estimo la opinión del desaparecido Dr. Eleazar Silveira, ilustre medico quien expresara que ésta era una forma de hacer catarsis. Buscando esta palabra en el diccionario, encuentro: “CATARSIS. (Del griego kátharsis, purificación) f. En estética liberación o cura de los males del espíritu gracias a las emociones provocadas por uno u otro arte”. Pienso que su opinión fue acertada. De la misma manera que la confesión bien entendida, libera al ofensor de la pesada carga que soporta su conciencia. Pero por sobre toda explicación, he disfrutado enormemente haciéndolo.

jueves, 9 de junio de 2016

ALEJANDRO  CASTRO



                                               Fue un personaje singular, un maestro del cine publicitario en la Argentina, mas aún, fue el pionero de esta especialidad, en aquellos tiempos en que lo que había era solo mostrar imágenes de productos comerciales en la pantalla. Lo de él  era creativo, audaz, talentoso, por no decir: sencillamente genial. Fue un hombre que profesionalmente se hizo a si mismo. Empezó simplemente como fotógrafo de sociales, siendo muy joven, y  fue ascendiendo en esa profesión,  hasta que llegó a ser fotógrafo de ballet en el Teatro Colón de Buenos Aires. Hizo foto publicitaria, que luego se convirtió en cine hasta que llegó a fundar el estudio de cine publicitario más importante y mejor equipado, en la década de los sesenta. Se llamó “Alejandro Castro Cine”, y estaba en pleno centro de Buenos Aires, en la calle Libertad, casi esquina con la calle Lavalle, a dos cuadras del Colon. Sus comienzos fueron humildes, era hijo de inmigrantes gallegos, que se establecieron en la capital argentina y se desempeñaron   como conserjes de edificios de apartamentos. Conocimos a Alejandro  por intermedio de otro grande de la publicidad, -Ricardo De Luca- , dueño de una de las principales  agencias de publicidad. Cuando conocimos a Alejandro ya había empezado la enfermedad  que paralizaría sus piernas. Era  una rara dolencia  que afectaba la médula, e iba avanzando lentamente anulando el sistema nervioso. Como detalle curioso, es que esta enfermedad que siendo de origen viral y no contagiosa fuera padecida, (y por su causa murió) por un entrañable amigo de Alejandro.  Se desplazaba precariamente con unas cortas muletas. Continuaba con su trabajo, superando las limitaciones y tratando de mantener el optimismo que no siempre lograba. Su esposa Emma, era su compañera inseparable. Ella era una mujer consagrada a por entero a su esposo y era la  administradora de la empresa. Ella  contó, como dato anecdótico,   que en otros tiempos, Alejandro se enamoró fugazmente de una bailarina rusa e intentó escaparse con ella, al advertir Emma su avisada fuga, amenazó a su marido con arrojarse escaleras abajo, una vez que él se fuera. Alejandro sabiéndola capaz de ello y derrotado,  acabó por quedarse.  Compartimos muchas reuniones nocturnas en su apartamento de la calle Tucumán, donde cenábamos, escuchábamos música y conversábamos hasta tarde.   Algunas veces  proyectaba películas de diversos realizadores, conocido como “cine arte”  Ciertas veces  hicimos de asistente de dirección, actor y colaborador en la realización de sus filmes. Era muy intuitivo en su trabajo, reconocía e instruía, tanto a los actores como a los técnicos. En un momento se le encargó una película que publicitara cierta bebida alcohólica, -una caña de baja calidad-,  que se llamaba “Carlos Gardel” y entre él y la agencia publicitaria esbozaron la idea. Esta dio por resultado un filme muy atrevido para aquella época que no pocos recordarán con picardía. En este proyecto no importaba la calidad, sino, sencillamente su osado mensaje. La escena  mostraba a una mujer muy atractiva,  bonita y sensual,  quien acostada en un lecho, y apenas tapada con una sábana, le dice con voz voluptuosa a su chulo que tiene parado a su lado y está vestido de compadrito: --Bajame la caña, Carlos--….., de inmediato la cámara sube hasta encontrar en un estante en la pared en que está apoyada una botella de la caña en cuestión, la enfoca acercando la imagen, mientras una voz en off, anuncia tácitamente: --Caña Carlos Gardelllll--. Eso es todo. Para entender el asunto hay que aclarar que “bajar la caña”  es una expresión vulgar que para los argentinos significa hacer el acto sexual. Esta película fue realizada para ser   proyectada en la televisión, en ocasión de la transmisión de un partido de fútbol importante y de una altísima audiencia. En aquella época existía la censura  y solo se sabía que con seguridad iba a poder ser vista al menos una vez,  y esta era antes de comenzar el partido. Con suerte podría proyectarse una segunda vez, -al terminar el primer tiempo- y difícilmente una tercera vez, al finalizar el partido. Se logró proyectar hasta la segunda vez, que era lo calculado. Una  llamada  telefónica de los censores al canal prohibió que se continuara  su  exhibición. Al otro día, todo el mundo hacía comentarios risueños, sobre la película. Se había logrado el objetivo de impactar al público para  alcanzar un alto  nivel de ventas del producto promocionado.   En otra oportunidad  realizó un film para una marca de cigarrillos, en que se mostraba un casino similar al de Montecarlo. Toda la escenografía fue realizada en el estudio, con un despliegue asombroso de recursos. Hay otras  excelentes realizaciones que muchos de aquella época recordarán. Nos acordamos de una excelente foto que le hizo  a  Troilo. (Esto lo hacía como hobby).  Fue tomada a contraluz  y solo se ve su inconfundible silueta. Tristemente la enfermedad siguió su curso y fue afectando toda su actividad y su genio. Dejamos de verle,  después viajamos y lamentablemente nos desencontramos. Hoy, ya han pasado mas de treinta años, de aquel  desencuentro fortuito, imaginamos  que ya se ha retirado a otros  escenarios mas sutiles, en los que estará realizando con el mismo entusiasmo que tenía aquí,  otras originales creaciones. Sin duda,  allí nos encontraremos algún día.    

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