ALEJANDRO CASTRO
Fue
un personaje singular, un maestro del cine publicitario en la Argentina , mas aún, fue
el pionero de esta especialidad, en aquellos tiempos en que lo que había era
solo mostrar imágenes de productos comerciales en la pantalla. Lo de él era creativo, audaz, talentoso, por no decir:
sencillamente genial. Fue un hombre que profesionalmente se hizo a si mismo. Empezó
simplemente como fotógrafo de sociales, siendo muy joven, y fue ascendiendo en esa profesión, hasta que llegó a ser fotógrafo de ballet en
el Teatro Colón de Buenos Aires. Hizo foto publicitaria, que luego se convirtió
en cine hasta que llegó a fundar el estudio de cine publicitario más importante
y mejor equipado, en la década de los sesenta. Se llamó “Alejandro Castro Cine”,
y estaba en pleno centro de Buenos Aires, en la calle Libertad, casi esquina
con la calle Lavalle, a dos cuadras del Colon. Sus comienzos fueron humildes, era
hijo de inmigrantes gallegos, que se establecieron en la capital argentina y se
desempeñaron como conserjes de edificios de apartamentos. Conocimos
a Alejandro por intermedio de otro
grande de la publicidad, -Ricardo De Luca- , dueño de una de las principales agencias de publicidad. Cuando conocimos a
Alejandro ya había empezado la enfermedad que paralizaría sus piernas. Era una rara dolencia que afectaba la médula, e iba avanzando
lentamente anulando el sistema nervioso. Como detalle curioso, es que esta
enfermedad que siendo de origen viral y no contagiosa fuera padecida, (y por su
causa murió) por un entrañable amigo de Alejandro. Se desplazaba precariamente con unas cortas
muletas. Continuaba con su trabajo, superando las limitaciones y tratando de
mantener el optimismo que no siempre lograba. Su esposa Emma, era su compañera
inseparable. Ella era una mujer consagrada a por entero a su esposo y era
la administradora de la empresa. Ella contó, como dato anecdótico, que en
otros tiempos, Alejandro se enamoró fugazmente de una bailarina rusa e intentó
escaparse con ella, al advertir Emma su avisada fuga, amenazó a su marido con
arrojarse escaleras abajo, una vez que él se fuera. Alejandro sabiéndola capaz
de ello y derrotado, acabó por quedarse.
Compartimos muchas reuniones nocturnas
en su apartamento de la calle Tucumán, donde cenábamos, escuchábamos música y conversábamos
hasta tarde. Algunas veces proyectaba películas de diversos realizadores,
conocido como “cine arte” Ciertas
veces hicimos de asistente de dirección,
actor y colaborador en la realización de sus filmes. Era muy intuitivo en su
trabajo, reconocía e instruía, tanto a los actores como a los técnicos. En un
momento se le encargó una película que publicitara cierta bebida alcohólica,
-una caña de baja calidad-, que se
llamaba “Carlos Gardel” y entre él y la agencia publicitaria esbozaron la idea.
Esta dio por resultado un filme muy atrevido para aquella época que no pocos
recordarán con picardía. En este proyecto no importaba la calidad, sino,
sencillamente su osado mensaje. La escena
mostraba a una mujer muy atractiva,
bonita y sensual, quien acostada
en un lecho, y apenas tapada con una sábana, le dice con voz voluptuosa a su
chulo que tiene parado a su lado y está vestido de compadrito: --Bajame la
caña, Carlos--….., de inmediato la cámara sube hasta encontrar en un estante en
la pared en que está apoyada una botella de la caña en cuestión, la enfoca
acercando la imagen, mientras una voz en off, anuncia tácitamente: --Caña
Carlos Gardelllll--. Eso es todo. Para entender el asunto hay que aclarar que
“bajar la caña” es una expresión vulgar
que para los argentinos significa hacer el acto sexual. Esta película fue realizada
para ser proyectada en la televisión,
en ocasión de la transmisión de un partido de fútbol importante y de una
altísima audiencia. En aquella época existía la censura y solo se sabía que con seguridad iba a poder
ser vista al menos una vez, y esta era
antes de comenzar el partido. Con suerte podría proyectarse una segunda vez,
-al terminar el primer tiempo- y difícilmente una tercera vez, al finalizar el
partido. Se logró proyectar hasta la segunda vez, que era lo calculado. Una llamada
telefónica de los censores al canal prohibió que se continuara su exhibición.
Al otro día, todo el mundo hacía comentarios risueños, sobre la película. Se había
logrado el objetivo de impactar al público para alcanzar un alto nivel de ventas del producto promocionado. En otra
oportunidad realizó un film para una
marca de cigarrillos, en que se mostraba un casino similar al de Montecarlo.
Toda la escenografía fue realizada en el estudio, con un despliegue asombroso
de recursos. Hay otras excelentes
realizaciones que muchos de aquella época recordarán. Nos acordamos de una
excelente foto que le hizo a Troilo. (Esto lo hacía como hobby). Fue tomada a contraluz y solo se ve su inconfundible silueta. Tristemente
la enfermedad siguió su curso y fue afectando toda su actividad y su genio. Dejamos
de verle, después viajamos y
lamentablemente nos desencontramos. Hoy, ya han pasado mas de treinta años, de
aquel desencuentro fortuito, imaginamos que ya se ha retirado a otros escenarios mas sutiles, en los que estará
realizando con el mismo entusiasmo que tenía aquí, otras originales creaciones. Sin duda, allí nos encontraremos algún día.
Este señor capo del cine publicitario era primo de mi viejo Piñeiro
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