El
maestro Núñez, −de tan grata recordación− como buen declamador que era, nos exigía
participar en esta actividad.
Es probable que ese arte formara parte de los
programas de estudio de la escuela primaria de aquella época. Lo cierto era que
debíamos memorizar las poesías, que el maestro decidía y luego recitarlas ante la
clase.
Entre aquellos recuerdos, ya borrosos por el
tiempo transcurrido viene a mi mente uno en el que soy protagonista: Debíamos
declamar una poesía gauchesca en la que
se describía una pelea a cuchillo entre
dos hombres. Un compañero tras otro fue haciendo su representación, unos con
soltura y destreza, otros inhibidos y vergonzosos, hasta
que llegó mi turno.
Debo confesar aquí, que tenía y todavía tengo un miedo escénico formidable……y haciendo de tripas corazón, subí al estrado del aula y ante el maestro y
mis compañeros empecé mi recitado. Seguramente, dado mi nerviosismo, no enfatizaba
con suficiente emoción las palabras y no
gesticulaba adecuadamente, el maestro me interrumpió y corrigió.
Continué el recitado, y en una parte de
la poesía uno de los protagonistas
recibe una puñalada. Aquí el dramatismo es extremo y el “apuñalado” es herido de muerte;
y yo al intentar dar mayor garra
emocional al desgraciado momento, …
olvidé la letra….. Entonces,
para salir del compromiso como fuere, inventé otra,… y tomándome con la mano el
vientre, gesticulando e imaginando la sangrante herida mortal,…recité:… −¡Ay, no puedo más!......Fue demasiado,…...porqué
al terminar la última sílaba y ya sin
saber como continuar, me estalló una
irrefrenable risa que de inmediato se transformó en sonora carcajada que se
generalizó estrepitosamente entre mis condiscípulos, hasta que el maestro también partícipe en el jocoso frenesí y apenas
dominándose,……nos .llamó a la calma y la moderación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario